31.1.07

teoría general de los espejos multiformes

Llaman a la puerta. Ella está allí. Recortándose bajo la intensa luz de la siesta, desencajada. En la boca, una mueca dolorosa, inevitable. Levanta levemente las cejas como suplicando ¿puedo pasar?. Él no deja caer su mano izquierda apoyada en la parte superior de la hoja de la puerta y la derecha en el umbral. Su cuerpo se interpone entre Ella y el adentro. La mira profundamente, largamente, sin que un mínimo gesto se dibuje en su rostro respondiendo a la pregunta. ¿Puedo?, insistió, mientras las comisuras de los labios no cesaban de temblar.

Ese momento súbitamente le resultó familiar, como si en infinitas siestas Ella hubiera estado allí, parada, aguardando una señal. No sintió sobrecogimiento ni extrañeza. No era un acto de precognición ni de profecía. Era hastío. Era la angustia, como una enredadera.

Ella bajó los ojos y comenzó a asentir frenéticamente con la cabeza. Entiendo que no pueda, dijo en voz baja sin dejar de asentir. Entiendo, dijo mientras comenzaba a alejarse. Si, si. Entiendo. Y Él seguía allí, inmóvil, en ese espacio de verdad que no puede ser atravesado por los ejércitos ni por los recuerdos, flotando en ese tiempo elástico que no pueden medir los relojes.

Texto e imagen de Rantifusos (Fotos: Silvina Salinas - Rosario / Textos: Sergio Mansur - Córdoba)